domingo, 17 de marzo de 2013

No es lo mismo "no tratar mal" que tratar bien


Todo maltrato supone una falta de reconocimiento y respeto a la dignidad de la persona, que provoca un daño a su integridad personal



En un intento de sintetizar un tema tremendamente complejo, presento a continuación alguna de las conclusiones sobre la jornada sobre Ética y Maltrato, organizada por Fevas el pasado 15 de marzo en Pamplona.

Para llegar a “tratar bien”, lo primero que debemos preguntarnos es ¿Qué significa tratar mal? Existen muchas y diversas maneras de tratar mal a una persona con discapacidad (incluso al margen de nuestras intenciones). Muchas formas de maltrato se traducen en pequeñas acciones diarias, algunas de ellas casi imperceptibles. Incluso hay situaciones de maltrato sin necesidad de que exista un maltratador.


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Es responsabilidad de profesionales y familiares informarse y reflexionar sobre la ética de sus prácticas. Hoy en día, aún ciertas formas de maltrato siguen siendo comunes y aceptadas. Por ejemplo, la obstinación en el cuidado (exceso paternalista), o la atención inapropiada por la aplicación de prácticas rutinarias, poco individualizadas.

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Es cierto que a veces “tratamos mal” por ignorancia. Si no queremos informarnos sobre qué es el mal trato, entonces somos responsables del mismo. Si alguien no es consciente de su ignorancia o se encuentra sobrecargado con las tareas de cuidado, no podemos atribuirla la responsabilidad total (es el caso, por ejemplo, de padres mayores que cuidan, como pueden, a sus hijos también mayores con discapacidad cuyas necesidades quedan sin cubrir).

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Quien quiere un buen trato para las personas con discapacidad intelectual no sólo se preocupa por darlo él si no que se implica para que el resto también lo proporcione. Estar en contra del maltrato supone asumir ese compromiso, como defensor de los derechos de las personas con discapacidad. “No tratemos mal e impidamos que traten mal”.

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Hablar de ética nos lleva a una cuestión central: la dignidad de la persona. Aunque parezca mentira, todavía cuesta identificar en su igual dignidad a las personas con discapacidad intelectual. Como consecuencia, es más fácil hacer daño a alguien que consideramos que vale menos.

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Un asunto que requiere de un amplio análisis es el castigo. Algunas orientaciones básicas son: no castigar por lo que no se es responsable; asegurar la intencionalidad educativa y reparadora del castigo; mantener la proporcionalidad del castigo y el daño o riesgo provocado por la conducta; priorizar los refuerzos positivos y tener como meta última el desarrollo moral de la persona.

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Es preciso profundizar en las experiencias de sufrimiento vividas por las propias personas con discapacidad. Aprender a escucharles y a salvar sus dificultades de comunicación. Darles voz en este proceso evitará la creación de procesos de indefensión aprendida. Controlar también factores de riesgo y trabajar desde la prevención: autoestima, empoderamiento, evitar la dependencia excesiva, etc. Sería de gran utilidad, por otra parte, contar con las personas con discapacidad en los comités de ética de las organizaciones.

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