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lunes, 25 de septiembre de 2017

¿Qué está fallando?

Alegría en un grupo de familias ante la exclusión de un alumno... 
Noticia en El país y en 20 Minutos 

Hace unos días, la noticia revolucionó las redes: un grupo de madres celebra con evidente alegría el que un alumno con Asperger, compañero de sus hijos, cambie de clase. De repente, nos llevamos todos las manos a la cabeza: ¿por qué no se respeta la inclusión? ¿Por qué se muestra semejante gozo al ver a un alumno apartado? ¿Por qué muchos ni siquiera comprenden que ese es un acto de discriminación?  No vamos a negarlo, este es un suceso complejo que debería ser analizado con mayor profundidad de la que aquí se refleja. Son muchas las perspectivas y variables implicadas. Sin embargo, de fondo, siguen perpetuándose ciertas creencias que dificultan la inclusión real de todos aquellos considerados diferentes. Aún a riesgo de simplificar, aquí van algunas actitudes que pueden ayudar a entender por qué pasó lo que pasó… 

  • Existe un pensamiento común según el cual los derechos de las personas diferentes no son equivalentes a los de las demás. De hecho, dicen los mensajes del citado grupo de familias: Ya era hora de que se hicieran valer los derechos del niño, de 35, y no solo de unoComo si es simple hecho de ser más, quisiera decir ser mejorComo si la dignidad, el derecho a ser educado, respetado y querido por lo que uno es, dependiera de ser como los demás. Como si el ser “normal” fuera garantía de valor personal. Como si existiera eso de “ser normal”… 
  • Además, la discapacidad/diversidad funcional sigue siendo una realidad tremendamente desconocida. Vamos a pensar que, seguramente, este grupo de padres no son malas personas. No actúan con malicia. Vamos a pensar que, en realidad, no quieren nada malo para el niño con Asperger. Vamos a pensar que, simplemente, creen que están actuando debidamente. Podría ser un problema de ignorancia. Da miedo oír la palabra “asperger” o “autismo”, sin saber qué es. Niños que molestan, que pegan, que no se comunican, que son raros, que entorpecen al resto… Las personas que nos movemos en el mundo de la discapacidad, con frecuencia, nos comunicamos entre nosotros. Fuera de este círculo, y a pesar de ser una realidad natural, la diversidad es temida y poco visibilizada
  • Concretamente, en el ámbito educativo, es frecuente entender la diferencia como una amenaza. Esto es un asunto realmente complicado… Puede que, realmente, un niño con Asperger muestre ciertas conductas disruptivas (no olvidemos: ¡también puede hacerlo un niño sin discapacidad, de los llamados “normales”!). Sin embargo, hay una gran diferencia entre ver esto como un riesgo para el resto de alumnos a verlo como un reto educativo del que todos pueden aprender. Como decía cierto profesor mío, cuando la marea sube, lo hace para todos los barcos. Un maestro capaz de atender a un alumno diferente, es un mejor maestro para todos
  • Seguimos tratando de que sean los niños quienes se adapten al sistema y no al revés. Dicho en lenguaje técnico, seguimos pensando en términos de integración y no de inclusión. Y esto es un error grave: un sistema pensado para un alumno medio es un mal sistema. ¿Por qué? Simplemente, porque el alumno medio no existe. Y, sin embargo, continuamos considerando la discapacidad como una realidad ajena, extraña, que anula al resto de la persona. El niño deja de ser un compañero más para convertirse en “el asperger”, “el autista”. Si no concebimos discriminar por razón de sexo, origen, color de la piel, ¿por qué sí por discapacidad, que no deja de ser una condición más de la persona?
  • Por otra parte, con frecuencia, se priorizan determinadas metas académicas (academicistas…) relacionadas con la productividad por encima de la EDUCACIÓN en su sentido más pleno. Supongo que este grupo de madres alegaría que el comportamiento del niño retrasaría el aprendizaje del resto (algo que, por otra parte, la investigación ha demostrado sobradamente que no es cierto). Falta por convencernos del tremendo poder de la diversidad como un recurso valioso para el aprendizaje y la educación de todos (y, además, gratis!). 
  • Finalmente… existe una falta de empatía importante… ¿De verdad hace falta tener en la familia a alguien diferente para comprender cómo se han podido sentir los padres del niño excluido? 

Resumiendo, la inclusión es cuestión de todos. Un maestro solo no hace la inclusión. Una familia en un centro educativo tampoco. De nada sirve echar las culpas a un lado y al otro, sin pensar realmente en cómo unirnos hacia una meta común. Solemos pensar que reacciones de discriminación como la que se muestra en este grupo de wasap es consecuencia de factores, la mayoría “externos” o poco sujetos a nuestro control: una mala gestión por parte del centro, unas leyes discriminatorias, falta de recursos, conductas disruptivas, escasez de apoyos para la diversidad, etc. Y es obvio que todo ello influye. 


Pero quizá lo prioritario sea modificar las actitudes de rechazo hacia el diferente. Quizá esté allí la causa de todos los males. Quizá sea este el origen y no la consecuencia. O no. Pero urge averiguarlo. Porque en algún momento habrá que empezar a cambiar las cosas


jueves, 8 de junio de 2017

Sobre lo que se dice y lo que se calla...

Dicen que los padres de niños/personas con discapacidad, a menudo, son susceptibles. Que en seguida piensan que no se les mira igual. Dicen que, con frecuencia, también son desconfiados. Que suelen ver la vida en negativo, que no esperan nada bueno de los demás. Dicen que, a veces, ese comportamiento se debe a que viven frustrados. Quizá no hayan aceptado del todo la discapacidad. Quizá estén buscando una “cura” que nunca llega. También dicen que algunos de estos padres viven obsesionados con el tema. Siempre hablan de lo mismo, siempre se quejan de las mismas cosas, siempre tienen la “discapacidad” en la boca. Las explicaciones son variadas: no lo han superado, han hipotecado su vida, no son capaces de pasar página, no se centran en lo importante, no ven más allá, les aterroriza el futuro

Dicen que, por todo ello, es cansado estar con estos padres. Por eso, no es raro que se queden cada vez más solos. Dicen que ya no escuchan al resto, que se empeñan en cosas que es imposible que sucedan, que luchan contra la naturaleza, que no se resignan, que no son capaces de afrontar la realidad, que son demasiado exigentes, que echan la culpa a los demás de lo que les sucede, que siempre se están quejando, que actúan como si fueran héroes…

Dicen estas y otras muchas cosas más.

***

No dicen que los padres de niños/personas con discapacidad han intentado ser positivos y trasmitir una realidad diferente. No dicen que, con frecuencia, han tenido que escuchar comentarios como qué pena, lo que os ha tocado, o piensa que hay cosas peores. No dicen cuántas veces estos padres han visto cómo los demás miraban de reojo a sus hijos, sin atreverse siquiera a cruzar con ellos una palabra. No dicen que, aunque sus hijos son muchas cosas, casi todos les preguntan por lo mismo: qué le pasa, qué le sucede, desde cuándo es así, qué futuro tendrá… No dicen que estos padres, como todos, quieren vivir su vida, pero que para ello tienen que superar obstáculos que a los demás ni se nos ocurren. Su hijo no puede estar en este centro, la actividad a la que lo quiere apuntar no es para niños con discapacidad, tenerlo en nuestra clase hace que los demás no aprendan, no puedo ofrecerle nada más para su hijo, no sabemos por qué se comporta así, no puede entrar en este sitio hasta que no se comporte, no se cómo comunicarme con él

No dicen que estos padres eran como cualquiera de nosotros hasta que, sin haberlo pedido, la discapacidad llegó a sus vidas. No dicen que son ellos quienes, con su trabajo, están cambiando el mundo. No dicen que ese mundo que intentan lograr, más inclusivo y justo, no será mejor solo para sus hijos. No dicen que todos sus esfuerzos, esos que tanto molestan, servirán para conseguir un mundo mejor para todos. No dicen que, aunque sea incómodo reconocerlo, estos padres con frecuencia tienen razón cuando desconfían, cuando se quejan, cuando se frustran.

No dicen que, en realidad, lo que nos da miedo es dejarlos solos por no saber cómo apoyarles.


No dicen que si tuviéramos que pensar en todo esto, nos sentiríamos muy culpables por no compartir su lucha…